Ámina y la Ciudad del Movimiento Perpetuo

En la ciudad de Celeria, el tiempo no pasaba; el tiempo golpeaba. Los engranajes chirriaban bajo los pies de los ciudadanos y los relojes de las torres dictaban cada parpadeo. Ámina corría como todos los demás, con el corazón latiendo al ritmo de un tambor frenético, temiendo perder un solo segundo de su existencia mecánica.

El aire en Celeria olía a metal caliente y aceite. Nadie se detenía a mirar el cielo, pues las agujas de los relojes gigantes giraban con la fuerza de látigos, cortando el aire con un chasquido constante. Ámina sentía que sus pensamientos eran como canicas chocando dentro de una caja metálica, siempre ruidosos, siempre veloces.

Un martes de vapor y prisas, Ámina vio algo imposible. En un callejón sin salida, detrás de una montaña de resortes oxidados, una pequeña puerta de madera vieja permanecía entreabierta. A diferencia del resto de la ciudad, de esa grieta no salía ruido, sino una luz suave que parecía bailar.

Al cruzar el umbral, el estruendo de Celeria se desvaneció. Ámina se encontró en un jardín donde las flores no eran de acero, sino de terciopelo y luz. El suelo estaba cubierto de un musgo azul que amortiguaba sus pasos, y el tiempo, por primera vez en su vida, pareció quedarse dormido en una rama.

En el centro del jardín, sentada sobre una roca que latía suavemente como un corazón, Ámina encontró a una figura serena llamada Silo. Él vestía una túnica hecha de jirones de niebla y sus ojos tenían la profundidad de un lago en calma. Silo no hablaba con la boca, sino con la paz que emanaba de su presencia.

—Aquí, el silencio es el lenguaje —pareció decir Silo en la mente de Ámina. Él extendió una mano y tocó una hoja de plata que colgaba de un árbol invisible. Al hacerlo, un sonido puro y cristalino vibró en el aire, pero no era un ruido que aturdiera, sino una nota que invitaba a escuchar el vacío.Silo le mostró a Ámina que el silencio no era un hueco vacío, sino un cofre lleno de tesoros. Le enseñó a escuchar el crecimiento de las raíces y el viaje de la luz a través de las hojas. Ámina cerró los ojos y, por primera vez, dejó de correr por dentro. Su pulso se sincronizó con el susurro del jardín.

—El mundo exterior siempre tendrá prisa —le indicó Silo, señalando hacia la puerta por donde ella había entrado. A lo lejos, se divisaba la silueta borrosa y gris de Celeria. —Pero tú ahora llevas el jardín contigo. El silencio es un refugio que puedes construir en medio de cualquier tormenta.

Antes de que Ámina partiera, Silo le entregó una pequeña piedra transparente, tan clara como una gota de rocío congelada. —Cuando el ruido sea demasiado fuerte —susurró el pensamiento de Silo—, toca esta piedra y recuerda el peso de la paz.

Ámina regresó a las calles de Celeria. La gente seguía corriendo, los engranajes seguían chirriando y los relojes seguían azotando el aire. Pero ella caminaba despacio, con la piedra en su bolsillo y un jardín secreto en su pecho. Ahora sabía que en el corazón de cada segundo, si uno sabe escuchar, siempre hay un instante de paz eterna.

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