Ámina y el Eco de los Siglos

Ámina era la última guardiana de la Era del Viento. En sus manos sostenía una lámpara cuyo fuego no consumía aceite, sino historias. El cristal de la lámpara vibraba con un susurro ancestral, recordando bosques que ya no existían y cielos que siempre fueron libres. Ella sabía que su tiempo en las llanuras infinitas estaba llegando a su fin; el viento la llamaba hacia un umbral que conectaba el pasado con un futuro incierto.

Los habitantes de este mundo caminaban con prisa, sus rostros iluminados por el reflejo de pantallas invisibles. Nadie miraba a las estrellas, porque las luces de la ciudad eran más brillantes y más cercanas. Ámina se sintió como una mancha de color en un mundo de sombras grises y reflejos fríos. Su lámpara, antes radiante, parecía ahora una pequeña brasa en medio de un incendio de colores sintéticos.

De repente, un zumbido agudo cortó el aire. Desde lo alto de un edificio, descendió un centinela mecánico llamado Kódigo. Era una esfera de metal pulido con múltiples ojos rojos que giraban frenéticamente. Kódigo no veía a una niña; veía una anomalía, un dato no registrado que debía ser clasificado y archivado en la gran base de datos de la ciudad.

Kódigo extendió unos brazos delgados y comenzó a proyectar haces de luz escarlata. Eran escáneres que intentaban leer el alma de Ámina, convirtiendo sus recuerdos en números y sus sueños en códigos de barras. El sistema quería etiquetarla, encerrarla en una categoría donde su luz ancestral no pudiera perturbar el orden perfecto del acero y el neón.

Ámina sintió que el frío del metal intentaba trepar por sus pies. Las paredes de la ciudad parecían cerrarse sobre ella, convirtiéndose en una jaula de algoritmos. «No eres una cifra», se susurró a sí misma, recordando el rugido del viento en las llanuras. La presión del sistema era inmensa, una fuerza que buscaba solidificar su esencia hasta volverla tan rígida como una viga de acero.

En el momento en que las pinzas mecánicas de Kódigo iban a atraparla, Ámina cerró los ojos. Recordó que el viento no puede ser capturado, ni el tiempo puede ser encadenado. Su cuerpo comenzó a brillar con una luz blanca y pura, volviéndose translúcido. El acero pasó a través de ella como si fuera humo, y los sensores de Kódigo empezaron a fallar, incapaces de detectar algo que ya no era material.

Ámina, ahora intangible, flotó a través de los muros de metal y los circuitos de la ciudad. Se movía como un eco a través de los siglos, una presencia que el sistema de Kódigo no podía comprender ni procesar. Libre de las etiquetas y de las categorías, buscó un rincón donde la luz no fuera artificial, donde el pulso de la vida todavía latiera bajo el pavimento.

En las profundidades de un nivel olvidado, donde el neón no llegaba, Ámina vio un destello familiar. Allí, sentado sobre unos cables viejos, estaba Kael. Él no pertenecía a este tiempo de acero, pero tampoco era un fantasma. En sus manos sostenía una lámpara gemela a la de Ámina, cuyo fuego bailaba con la misma intensidad dorada. Kael levantó la vista y sonrió, reconociendo el brillo de una era compartida.

Ámina se materializó frente a él y acercó su lámpara a la de Kael. Al tocarse los cristales, una explosión de colores cálidos inundó el callejón, borrando por un instante la frialdad de la ciudad futurista. Comprendieron que, aunque el mundo cambiara y el acero lo cubriera todo, siempre habría portadores de luz destinados a encontrarse para mantener vivo el eco de los siglos.

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