Ámina y el Despertar de la Luz

Ámina llegó al borde de un mundo donde el suelo no era arena, sino cristal. Era el vasto Desierto de los Espejos, un lugar legendario donde cada paso devolvía una mirada y cada duna contaba una historia visual. Ella respiró hondo, sintiendo el aire fresco, mientras se preguntaba qué encontraría en aquel laberinto de plata.

Al caminar, Ámina se veía a sí misma multiplicada en mil pedazos. El sol rebotaba en las superficies pulidas, creando un laberinto de luz y sombra. A cada lado del camino, los espejos se alzaban como torres, mostrando versiones de ella que caminaban a su mismo ritmo.

Se detuvo ante un espejo alto y de bordes fríos. Allí, su reflejo no sonreía; al contrario, tenía los ojos empañados y una lágrima recorría su mejilla. «¿Soy yo esta tristeza?», se preguntó Ámina con ternura, tocando el cristal frío con la punta de los dedos.

Más adelante, en un fragmento de cristal afilado, vio a una Ámina diferente. Esta versión vestía una pesada corona de espinas y fuego, y su rostro estaba contraído por el orgullo y la rabia. «¿O acaso soy esta furia?», pensó Ámina, sintiendo un peso en el pecho al mirar la imagen.

Pronto, cientos de Áminas la rodeaban desde todas las direcciones: algunas reían a carcajadas, otras temblaban de miedo, y otras parecían perdidas en sueños. Entre tantos reflejos y tantas emociones, Ámina empezó a sentirse mareada, olvidando cuál de todas aquellas formas era su verdadero ser.

Agobiada por el ruido de tantas imágenes, Ámina decidió que ya no buscaría más afuera. Se sentó en el centro del desierto, cruzó las piernas y descansó las manos sobre sus rodillas. Si los espejos no le daban la respuesta, tal vez el silencio sí lo haría.

Cerró los ojos con fuerza y el mundo exterior desapareció. En la quietud de sus párpados, dejó de escuchar el viento y de sentir el frío del cristal. Fue entonces cuando, en lo más profundo de su propio pecho, una pequeña chispa de claridad comenzó a latir con suavidad.

No era una emoción que iba y venía, ni una imagen que se podía romper. Era una luz cálida, constante y silenciosa que brillaba detrás de todo lo que ella creía ser. «Esta luz es la que observa», susurró Ámina. Comprendió que ella era la conciencia que miraba, no lo que era mirado.

Al abrir los ojos, el desierto ya no la asustaba. Se acercó a un último espejo y no buscó su cara, ni su ropa, ni su gesto. Buscó la luz. El cristal devolvió un resplandor puro; la forma de Ámina estaba allí, pero ahora era transparente, dejando ver el sol interior que la habitaba.

Ámina caminó hacia el horizonte, libre de las formas y los nombres. Los espejos seguían allí, pero ahora solo reflejaban la inmensidad del cielo azul. Comprendió que ella no era el reflejo que cambia, sino la fuente eterna que hace posible que todo el desierto brille.

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